Blog de Sergio Andricaín


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Un testimonio del horror de las dictaduras

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Hoy día no es fácil encontrar una obra de arte que te haga pensar y sentir que estás ante una propuesta renovadora y diferente a todo lo que conoces. Eso me sucedió cuando terminé de ver la película estoniana Risttuules (In the Crossswind / En el viento cruzado), dirigida por Martti Helde en el 2014. Desde el inicio el espectador se siente aprensivo: esa lentitud y regodeo de la cámara en los pequeños placeres cotidianos de la vida le hacen intuir la tragedia, el advenimiento de sucesos terribles, de “esos golpes como del odio de Dios” que se acercan inexorablemente al feliz matrimonio y a su hija, a quienes las imágenes retratan mientras reman por un río o cuando disfrutan de su luminoso hogar.

Luego, con la llegada de los brutales acontecimientos, el tiempo queda interrumpido y los personajes, sin movimiento. A partir de ahí, la fotografía comienza a registrar con detalle los trece “cuadros vivos” que integran el filme. Los actores aparecen como si fueran piezas de grupos escultóricos humanos incorporados a un paisaje árido y hostil, todo retratado en blanco y negro. Y esto es así no por capricho estético, sino por exigencia del propio relato cinematográfico: el filme de Helde sigue, a través de la familia formada por Erna, Heldur y Eliide, el calvario sufrido por miles de familias estonianas que fueron deportadas a Siberia por el Ejército Rojo de Stalin. El 14 de junio de 1941 la vida se detuvo para las víctimas, quienes fueron forzadas a abandonar su país (el decreto no solo afectó a ciudadanos de Estonia, sino también de Lituania y Letonia).

Mientras las impactantes imágenes sin movimiento desfilan ante nuestros ojos, la voz de Laura Peterson va leyendo las cartas que Erna (su personaje) le escribe a su marido Heldur relatándole el día a día de su lucha por sobrevivir. Cuando el dictador muere, se descongela tibiamente la vida política en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y se decreta el regreso; entonces, timidamente, la vida vuelve a los personajes lo mismo que la acción y el movimiento a las imágenes.

Al terminar la película y mientras por la pantalla ruedan los créditos, es inevitable pensar en los matices que suele adquirir el horror bajo las dictaduras, sean estas de izquierda o de derecha, en la forma en que el destino individual desaparece bajo los argumentos totalitarios sean estos políticos, religiosos o económicos.

Y también me quedo pasmado ante el talento de Helde, un joven director que apenas tenía 27 años cuando rodó esta, su primera película, una obra maestra del cine.

Carta a Jacques Prévert en el día de su nacimiento

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Querido Jacques:

Te escribo para celebrar el día de tu nacimiento, porque de no haber llegado al mundo el 4 de febrero de 1900, algún poeta tendría que haber nacido en tu lugar, para entregarme tus Palabras; sin ellas el mundo sería menos comprensible y bastante más amargo. Tampoco hubiera podido aprender a saludar a los pájaros ni entender la poética de los sueños, esa que transforma en maravilla una realidad chata y gris.

Tú me ratificaste, con tu “Pater Noster”, dónde tenía que buscar el verdadero reino: aquí en la Tierra, nunca en los cielos, muy cerca de cada semejante vivo; ese reino de alegrías y tristezas que se alternan desde el comienzo de los tiempos en un ritornello eterno.

De no haber leído tus versos, pude quedarme sin entender el mensaje de una golondrina que vuela por el cielo ni comprender los nombres de las flores. Le diste sentido al vocablo esperanza a la vez que me enseñaste a ser receloso de la felicidad y la desgracia.

Por ti identifiqué el terrible ruido que desencadena el hambre, a reconocerla cuando se refleja impúdicamente sobre la superficie de un cristal. Supe también, gracias a tus poemas, del amor generoso e ingenuo, del que tildan de culpable, del que es como remanso de agua, o violento y arrasador como el fuego. Viví en tus palabras otras infancias parecidas, o no, a la mía, los miedos escolares, el terror a la autoridad ejercida irracionalmente contra niños, mujeres, hombres, ancianos, animales, plantas.

A través de tu escritura supe más de astronomía, de los ciclos de la tierra, de los secretos de familia, de matemáticas; mucho más que todo lo aprendido en las universidades y en las calles.

Siempre me he preguntado cómo hubiera soportado los muros de la cárcel escuela, la cárcel oficina, la cárcel ciudad, la cárcel isla, si no me hubieras mostrado que detrás de los barrotes era posible la dicha.

Hoy debo agradecerte tus lecciones, esas revelaciones que me hiciste, en silencio, a través de las páginas de un libro, lecciones que guardaré conmigo hasta el último aliento.

Un abrazo,

Sergio